Un ojo de caballo, enmarcado por crines que el viento despeina en azules, grises y toques de oro, ocupa casi todo el lienzo. Rosario Porrúa se aleja por un momento de la figura humana para detenerse en la mirada de otro ser vivo, tan honesta y cargada de emoción como cualquier rostro que haya pintado. Bajo su pincel, la textura del pelaje se vuelve casi táctil.